Hay que ser infiel, pero nunca desleal.

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Gabriel García Márquez.



viernes, 11 de febrero de 2011

Hada ignorante.

THE CRANBERRIES.
FRIDA KAHLO
VAN GOGH





WE.
MISSING.





Desnúdame...




Apuesta.






















Califiquémosme como ingenua. Siempre dejándome llevar por cosas efímeras, pequeños placeres tontos que a mí me resultan la chispita de la vida. Un recipiente de costumbres sencillas, excesivamente simples e influenciadas por el cine, por todas esas películas - mejores y peores -, que he visto desde que tengo uso de razón.
Empecemos por la que me ha llevado a escribir esta nueva entrada, la primera de este blog que va a tratar algo de mi vida, sincero, no abstracto como las anteriores.
(Pequeño apunte: si bien alguna podía estar inspirada por algo cotidiano, mi empeño concienzudo por tergiversar y sacar de contexto cuanto me delataba, acabaron por alejarlas tanto del punto de partida que no dejaron de ser meros relatos totalmente ficticios)

Poker and Monopoly's night
SHE.

24.APRIL. INSITU.


ME LANZO: 
Una de mis costumbres es ponerle música a momentos de mi vida. Bien mientras los estoy viviendo, bien cuando ya forman parte del recuerdo. Sobretodo cuando viajo: enciendo mi iPod y mientras observo el paisaje me imagino a mí misma dentro de una pequeña pantalla, con la música que escucho como parte de la banda sonora. Egocéntrico -podrían pensar algunos-. Pero a mí me parece una costumbre más sincera, lo que llevo viendo desde pequeña: escenas y más escenas con bandas sonoras. Y me encanta ese pequeño juego.

NAVIDAD.
Nuestra semana perfecta en Barcelona.
Retrocedamos, pues, a un momento de mi breve residencia en la ciudad de Barcelona. ¿El contexto? La nada. Prácticamente es como si el octubre de 2009 me hubiese propuesto dar un salto en el tiempo y plantarme en abril de 2010. Tengo recuerdos agradables con las amigas, alguna noche de fiesta... pero lo que recuerdo con mayor exactitud, muy a mi pesar, es el vacío. Vacío en mi cuarto, en los recovecos del piso, en las preciosas calles de Barcelona, en mi mente, en todo mi ser. La depresión tiene estas cosas. La mía me hizo pasar la mayor parte del tiempo en mi cama, o en el sofá del salón. Apenas he vivido durante ese tiempo. Y ahora que me toca pensar en ello, tratar de explicárselo a las personas que me importan... todo duele.

Pero un 24 de abril iba a desarrollarse el acontecimiento de mi vida (voz en off de Amélie total). Como otras noches, me dejé llevar por mi pequeña princesa orgullosa, al pub que empezábamos a frecuentar. Todo parecía transcurrir como otra noche cualquiera: las cervezas desfilaban por la mesa, el alcohol en la sangre empezaba a animarme absurdamente; el amigo con el que habíamos quedado en encontrarnos aparecía tarde, desenfundaba su cámara, destapaba el objetivo y disparaba fotos a diestro y siniestro.
Mis labios morados sorbiendo de sucesivas botellas, inevitablemente, empezaban a sonreír. Y me recuerdo en esa escena pensando que aquel amago de felicidad sería efímero, como hasta entonces, y que a la mañana siguiente volvería a ser "aquella puntual yo", la que se encerraba en su pequeño mundo, la que no le encontraba sentido a nada, la que ya no era capaz de hacer nada creativo por primera vez en su vida.
Nos animamos con el billar, pese a que nuestro pulso pareciese no querer guiar bien el tiro y aquella partida acabase sencillamente por seguir con la sesión de fotos.
Con la pasajera alegría del alcohol retenida en mi cuerpo mientras hacía una pausa de la partida de billar, divisé en la barra a un conocido de mi último empleo temporal. Con mi pseudoalegría estuvimos hablando sobre lo que pensaba hacer, viaje a Londres con el amigo que le acompañaba, todo le iba muy bien, asqueado de este pequeño país como tantos otros...
¡Qué cosas! Apenas me fijé en dicho amigo que le acompañaba.

HE.
MY BED. MY ROOM.
BARCELONA.
Regresé a mi billar: las bolas rojas y amarillas circulando por la mesa sin acertar con regularidad en los hoyos. Allí seguía, tranquila, ajena a todo lo que iba a pasar, ¿quién se lo espera?
Aparecieron de repente junto a la mesa de billar. Y desde el momento en el que nos reencontramos, ahí sí, surgió de la nada esa manía inocente: me vino una canción a la mente. Puede que fuese sencillamente por el hecho de que acababa de conocer a ese grupo por mi reciente nueva compañera de piso, una indie girl auténtica, pero durante el resto de la velada "Electric feel" de MGMT se repetía en mi cabeza.

No soy de las que cree en el amor a primera vista, es absurdo. Preciosa idea, pero estúpida. Aquello... ¿cómo explicarlo? Podría considerarlo como absoluta incertidumbre sobre qué va a pasar, junto a la certeza de que acabas de encontrarte con alguien que va a dejar huella. Quizás no desde un principio, pero tiempo al tiempo.
Pasos cautelosos para acercarse al amigo desconocido, preguntas triviales y tópicas para entablar conversación... y de repente nuestra propia burbuja. El resto se fueron quedando a un lado. Entretenidos con el futbolín, a ratos se acercaban y, aún hoy, creo que sólo lo hacían para constatar que ya no iban a poder levantarnos de esos sillones - donde nos habíamos acomodado e íbamos relatando nuestras existencias: paralelas y asombrosamente parecidas -.
Conexión y electric feel en mi mente, en mi cuerpo, en el ambiente.

Distorsión del paso del tiempo. Ni siquiera hoy soy capaz de determinar si estuvimos horas hablando o tan sólo minutos, pues daba la sensación de haber sido una conversación larguísima, como si nos conociéramos de siempre y a la vez no; porque descubríamos cosas, nos identificábamos en las palabras del otro y te quedabas helado y cómodo y enganchado.
No obstante la hora de recoger las cosas y salir del local llegó muy pronto, demasiado rápido, y las ganas de continuar esa noche en un after estaban ahí, pero seguimos finalmente, por desgracia, caminos distintos, un conjunto de distintos suelos: la acera que él recorría, la carretera que el coche que me llevaba seguía.
Y un pequeño gesto insignificante para otros, a nosotros nos selló un próximo encuentro. Sin teléfonos que intercambiar y nos dejasen pasar el resto de la noche tranquilos sabiendo que hay cómo encontrarse. Sencillamente mirar hacia atrás al adelantarlos, girarme con ganas para sacarle una lengua picarona y sedienta de esos besos, no de otros, sólo los suyos.

Aún hoy sigo percibiendo ese estupendo fin de semana como una noche, un contínuo suceder de las horas. Convencida de que pudieron acompañarnos a la rave en casa desconocida, que aliñamos unos cigarritos y seguimos hablando/soñando juntos, y nos despertamos con resaca sorprendiéndonos el uno al lado del otro. No fue así, pero de esta forma se ha almacenado la vivencia.
No hubo rave con él a mí lado. Sí una siesta en el sofá de desconocidos junto a mi pequeña princesa, muertas las dos con la potente ¿AK... o era white widow? Qué importa ya. Llegué a mi casa aún no recuerdo muy bien cómo. Breves horas de sueño y despertar resacosa con él en mente, pero no en mi cama. Abrir una red social y sorprenderme. Me había encontrado. Sólo con mi nombre, tan común y sencillo; una búsqueda mientras hacía tiempo para conciliar el sueño. Artimañas muy suyas para ganarse un nuevo encuentro.
Aún sin creérmelo me acerqué a la plaza del encuentro, con Comptine d'un autre été (esa manía, esa manía...) acompañando mis pasos en la noche. Todo mi ser un manojo de nervios; las rodillas con intención de flaquear; la duda sobre si realmente lo encontraría allí esperando... Y llegar. Verlo.
Sentarme a su lado. Sentir que las cosas vuelven a fluir, con cierta torpeza, y caminar junto a él y su muleta rumbo al hada ignorante que nos acabaría otorgando el esperado beso. La cadena de besos. Los juegos y caricias. "A veces hago locuras"."¿Cómo cuál?". Y sus labios en busca de los míos en ese sofá rojo que es tan nuestro pese a no pertenecernos.

"Te brillan los ojos de una forma especial. Por qué será..." comentaba el dueño cuando nos íbamos. Y un seguir con juegos nuestros, un billete de 5 euros que por desgracia se ha perdido, y una calle prácticamente vacía para nuestra despedida. Ansiosos de más. Besos ardientes. Roces sugerentes. Hotel California en mi mente...

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