Hay que ser infiel, pero nunca desleal.

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Gabriel García Márquez.



viernes, 23 de enero de 2009

Siempre me gustó otoño.

No puedo evitar añorar el otoño cuando estoy en pleno invierno: siempre el esfuerzo constante por arraigarme a cosas inútiles. Jamás fui capaz de poner fin a lo empezado, y de ciertas cosas me encapricho férreamente. Eso es lo que me pasa en otoño: me encapricho de la fragancia que se aprecia en las calles, de la gelidez del viento, de la caducidad de las hojas, de la sombra oscura de un beso de despedida, de los medios cafés que yacen abandonados en tazas de cualquier cafetería, del tránsito de las horas puntas... Me reconozco inerme ante tales estímulos. Cierro el abrigo sobre mi cuerpo, el vaho sobre el cristal del tren de las 17h45. Ya la noche, ceremoniosa, cubre la ciudad y lo oscurece todo. El falso espejo de la ventanilla devuelve mi reflejo: hoy tengo la mirada triste y los labios secos. Vuelvo al exterior, los árboles caducos y las hojas sobre la acera. El tipo raro gafa-pasta del vagón me observa.

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