Hay que ser infiel, pero nunca desleal.

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Gabriel García Márquez.



jueves, 14 de enero de 2010

De esperanzas e ilusiones.



Ungüento amarillo:
cualquier remedio que irónicamente se considera aplicable a todos los males.


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Que si te tengo ganas, cierro el bar a las 16h. Recógeme en la puerta, con tu albornoz y tu gorro de ducha. A las 15h58, ni un minuto antes ni tampoco después. No te preocupes por la gente: a esas horas la calle estará limpia, y mi bar, vacío. Accedamos a mi portal a través de puertas metafísicas y acaricia mi hombro mientras me dices que me has echado mucho de menos. Sabes que no creeré ni una sola palabra, pero forma parte del ritual.

Son dos meses de tu ausencia, del último beso en la entrepierna y el café sobre el parquet (el dueño del piso aún sigue enfurruñado: obviamente le ignoro; haz tú lo mismo).

Supongo que recordarás que el primer paso es conseguir azul -vierte los pigmentos en té verde mientras yo me ducho-. Te quedas sin gorro ni albornoz: pasearás desnudo sobre la madera hasta conseguir una erección.

Segundo paso, ignorarnos. Esconde tu pequeño tesoro, puedes entretenerte con Amélie: yo iré vertiendo los pigmentos amarillos en té blanco. Me entretendré un rato con la cámara de fotos. ¿Recuerdas la última de ellas, aquella libélula azul eléctrico que revoloteaba sobre nuestras cabezas? Aún recuerdo aquella tarde en el muelle, el verde de los peces entre el agua cristalina y el amarillo bilirrubinoso de mis moratones. Qué imperfecta a tu lado.

Embadúrnate de azul, aunque ese paso puedas ahorrártelo; quizá mi ungüento amarillo sea suficiente para besar un próximo encuentro.

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