Hay que ser infiel, pero nunca desleal.

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Gabriel García Márquez.



jueves, 2 de junio de 2011

Franzine. Ahora con z.


Cuando llegué a casa, Francine seguía tumbada en el sofá, febril. Llevaba dos días con fiebres altas, las mejillas incandescentes y mirada débil. Dormitaba frente al televisor apagado, con las rodillas dobladas y recogidas casi rozando su barbilla. Así era ella, la reina de las posturas incómodas. Dejé las bolsas de la compra en la cocina y llené una tinaja con agua helada. Me hice con una toalla minúscula del lavabo y con todo lo necesario me dirigí al fin al salón.

Traté de no despertarla mientras movía su cuerpo, tarea imposible; pero cuidadosamente logré sentarme en el sofá y colocar su cabeza sobre mis piernas sin que ella saliese de su medio letargo. 

Empapé la toalla en el agua y empecé a humedecer con suavidad su frente y cuello, su pecho, su nuca y espalda, los brazos que recogía contra sus senos, la boca... Ella se dejaba hacer, y abría por segundos esos ojos grises y me miraba agradecida, con una leve sonrisa torcida en los labios.

-Tsss... estáte quieta Francine. No te preocupes, en un rato te encontrarás mejor -le susurraba y medio regañaba. - Además, tienes que ser buena chica si quieres tu regalo.
-¿Regalo? - logró musitar.
-Cuando te recuperes te enseñaré lo que he descubierto hoy. Te va a encantar...

Seguía empapando la toalla una y otra vez, recorriendo de nuevo su rostro y cuerpo para refrescarla. Parecía ir desapareciendo poco a poco el color de sus mejillas, sus ojos se veían más espavilados y eran más frecuentes las sonrisas que asomaban a sus labios. Le acerqué su medicación y tras tomársela volvió a dormitar durante horas en mi regazo.

Mis dedos se enredaban en sus rizos castaños, y trataba de entretenerme contando su infinidad de lunares. Mis dedos recorrían su cuello, acariciaban su barbilla y jugueteaban con su camisa. "Qué preciosa está siempre cuando duerme". Y también lo estaba cuando sonreía, pensé, cuando gemía, cuando se acababa todo el helado de vainilla y me dejaba sin postre con una sonrisa triunfal, cuando lloraba al ver la escena en que Amélie también lloraba frente a un televisor donde ella imaginaba relatar su triste historia, cuando llegaba a casa sudorosa y con la lengua fuera de hacer la compra, cuando leía concentrada en el diván del salón, cuando se abría paso a golpe de pincel por el lienzo concentrada, cuando vestía raídos shorts vaqueros para pasear cogiendo mi mano por la playa, cuando se concentraba observando a través de su cámara el mundo, cuando besaba mis labios para desearme buenas noches...

No sé muy bien por qué, pero en ese momento me asaltó una duda. Empecé a sentirme incómodo con aquella situación, quería salir de su sofá, de su casa, comportarme como un simple amigo y ya está. Necesitaba ver a Ignacio. ¿Qué pensaría él si me viera en esa situación, con esa actitud, con ella?

2 comentarios:

  1. Gracias por pasarte y encantada de que te gusteen..
    si todos los textos son mios , excepto el cabecero de la última entrada de Pablo neruda. un beso muy fuerte :D

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  2. Este texto es...encantador, esa es la palabra.
    Relata de forma tan dulce actividades cotidianas...
    He disfrutado leyéndolo, así que gracias:)

    PD.: Prometo pasearme más por tu blog, merece la pena.
    Besos¡

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