“Ungüento amarillo:
cualquier
remedio que irónicamente se considera
aplicable a todos los males.
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Te
tengo ganas. Así que pese a tu repentina aparición cierro el bar. Me esperas en
la puerta con tu síndrome de Peter Pan en todo su esplendor, sin saber qué has
hecho mal. Accedemos a mi portal a través de puertas metafísicas y acaricias mi
hombro mientras me dices que me has echado mucho de menos, que se te hace
insoportable saberme tan lejos, que las noches pasan lentas cuando mi cuerpo no
te abraza... No me creo ni una sola palabra, pero algo en mi interior empieza a
pesarme.
Son diez meses de
tu ausencia, del último beso en la entrepierna y el café sobre el parquet. Al
son de Ella y su Cry me a river me dejo caer sobre el sofá. Acércate, por
favor. No me dejes pensar demasiado cuánto te he odiado. Bésame, distráeme…
definitivamente, sedúceme. Como sea. Miénteme un poco más, si es necesario.
Tras varios
minutos de silencio incómodo y ninguna intención de acercamiento, decidimos
probar un nuevo ritual para acortar distancias: pintura corporal y alcohol. Así
podemos recordar sin que una preferencia pase por encima de la otra: yo me
muero por pintarnos, tú por descorchar botellas de vino. Empezamos
intercambiando papeles: yo me voy a por las copas y el vino y tú empiezas a
preparar el azul. Viertes los
pigmentos en té verde mientras nos voy rellenando copas. ¿Tenemos sed? ¿Será pudor?
Me siento incómoda tras cuatro copas y tus besos, así que me escabullo por
el pasillo para encerrarme en el baño. Me meto en la ducha aun sabiendo que me
voy a perder. Que al contacto conciliador del agua será inevitable recordar. Imposible
me resulta dejar a un lado las veces que me acompañaste en mis baños matutinos,
antes de ir a la Universidad, cuando nos enjabonábamos tiernamente antes de
encendernos y correr luego por las calles tratando de llegar a mi hora. Las
ocasiones en que nos dejábamos llover encima, sentados con la mirada perdida en
la playa del Prat, y me acababas confesando siempre lo mismo: que nunca te
habías sentido tan a gusto conversando con alguien como conmigo, que nadie te
acompañaba tan bien en el silencio como yo. Aquella primera noche que pasamos
cada uno en un sofá distinto de mi salón, con lágrimas en los ojos
desternillándonos con Charlie Chaplin enlazando El Dictador con Tiempos
modernos. Tampoco podré dejar de recordar las noches que te he llorado desde
que abandonaste la ciudad, la ansiedad que me invadía al caer la noche y no
escaparme contigo al Gótico para cervecear, no tenerte cerca, sin más.
Salgo de la ducha y te sonrío escondiendo lo mal que lo he pasado ahí
dentro. Ahora necesito que me ignores. Esconde tu erección orgulloso y desfila
hacia el baño para quemar poco a poco tu piel bajo el agua hirviendo. Me
entretendré con Amélie mientras vierto los pigmentos amarillos en té blanco.
Maldita Amélie y su forma de unirnos. Maldita su banda sonora que acompañó
nuestros polvos, esos que tanto te emperrabas en considerar acto amoroso
susurrando “Te quiero” al dejar caer tu cabeza sobre mi pecho al llegar al
orgasmo, pretendiendo convencerme de que no era tan sólo la otra. Maldita frase
que escupiste a mi cara adolescente y que me cautivó, que marcó un antes y un
después entre nosotros y te permitió entrar en mi vida de lleno con esa meta:
descubrir cosas juntos… Para atarnos más el uno al otro sin necesidad de
tenernos cerca; para no poder viajar a ningún lado sin que nos recuerde cualquier
rincón al otro; asociar por el resto de nuestros días nuestros recuerdos a todo
aquel repertorio musical que bañaba nuestros contextos.
Te sigo maldiciendo a ti y a todo lo que me recuerda, irremediablemente,
que existes, lo que ha hecho que te permita volver. Te escucho canturrear Hotel
California mientras te duchas cuando encuentro mi cámara de fotos. Rebuscando
en su memoria encuentro nuestra última foto. ¿La tienes en mente? Aquella tarde
de junio en el muelle, mientras tus labios me repetían incansables que me
querías, que te dolía tener que abandonar la ciudad, que sentías tanto haber
elegido mal, que Barcelona valía la pena si podías tenerme… ¿Tenerme dónde? me
pregunto hoy. Entonces callé, ignoré tu egoísmo observando el verde de los
peces entre el agua cristalina y el amarillo bilirrubinoso de mis moratones.
Qué imperfecta me sentía a tu lado, cuánta desolación pese a fingir con todo mi
descaro la mejor de mis sonrisas para inmortalizarnos.
Hoy, no obstante,
te veo a ti totalmente desubicado junto a mí tras la ducha; derrotado… hasta
enfadado, mientras me embadurno de amarillo. Y no entiendo por qué. ¿Te ha
dolido que no sea tan fácil, que siga siendo tan complicada? Volviste hace
tiempo, con nuevas promesas y planes. Se trataba de sexo en un principio y quisiste
cambiarlo, regalarme cuanto albergabas y, no obstante, elegiste marcharte. Por
segunda vez. Estos diez meses los he invertido por completo en la tarea de
coser y relamer mis heridas.
No puedo esperar a vestirnos de
colores para buscar tu lengua sentada a horcajadas sobre ti. Te he echado tanto
de menos en mi cama, en estas calles de Barcelona que me acogen, en mis labios
y mirada cuando te nombraba y no aparecías. No soy capaz de sentirme satisfecha
ahora que te abrazo, que te puedo mirar a los ojos, que te tengo bajo mi cuerpo
y te saboreo en mi boca. Algo en este largo proceso ha cambiado. ¿Será que he
descubierto que me gusta estar sola? ¿Qué, cuanto menos, no es a ti a quien
quiero a mi lado?
Seguimos bebiendo y observándonos desnudos, sudorosos.
Todo va bien, pese a mi perceptible cambio. Me pides que te espere, que no tengamos
en cuenta los kilómetros, que vas a hacer las cosas bien, que volverás a
Barcelona y me situarás cerca de ti. Ella ya no está, sólo me quieres tener a
mí. Me pides una etiqueta, y el rotulador tiembla entre mis dedos, indecisa sobre
qué hacer. Al parecer me estás aclarando las cosas, pero a mí no me está bien. Has
venido a buscarme de nuevo, aunque tarde, demasiado tarde, siempre. Hoy soy yo
la que deja la ciudad. Ahora fíjate en las cajas y la cinta de embalar.
Entiende.
Acabemos de una
vez. Volvamos al sexo, lo único que nos concierne. Deja a un lado el ritual que
hemos inventado, las etiquetas, los recuerdos. Son cosas que no están hechas
para nosotros. Fóllame sin más y despidámonos. Me iré. Aunque duela. Pese a mis
ganas de besarte. Sin tener en cuenta cuanto fuimos, pues es pasado. Ahórrate el embadurnarte de azul… Ya es
suficientemente bochornoso, que con este último abrazo, y lo que a éste siga, sigamos
sopesando, en silencio, las posibilidades de que mi ungüento amarillo sea
suficiente para besar un próximo encuentro.”
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Susúrrame tus verdades...