Hay que ser infiel, pero nunca desleal.

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Gabriel García Márquez.



domingo, 29 de septiembre de 2013

Ungüento amarillo 2.0. Proyecto cortometraje. Pelea elaborando el guión. Se aceptan sugerencias.



 Ungüento amarillo:  
  cualquier remedio que irónicamente se considera     
  aplicable a todos los males.
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Te tengo ganas. Así que pese a tu repentina aparición cierro el bar. Me esperas en la puerta con tu síndrome de Peter Pan en todo su esplendor, sin saber qué has hecho mal. Accedemos a mi portal a través de puertas metafísicas y acaricias mi hombro mientras me dices que me has echado mucho de menos, que se te hace insoportable saberme tan lejos, que las noches pasan lentas cuando mi cuerpo no te abraza... No me creo ni una sola palabra, pero algo en mi interior empieza a pesarme.

Son diez meses de tu ausencia, del último beso en la entrepierna y el café sobre el parquet. Al son de Ella y su Cry me a river me dejo caer sobre el sofá. Acércate, por favor. No me dejes pensar demasiado cuánto te he odiado. Bésame, distráeme… definitivamente, sedúceme. Como sea. Miénteme un poco más, si es necesario.

Tras varios minutos de silencio incómodo y ninguna intención de acercamiento, decidimos probar un nuevo ritual para acortar distancias: pintura corporal y alcohol. Así podemos recordar sin que una preferencia pase por encima de la otra: yo me muero por pintarnos, tú por descorchar botellas de vino. Empezamos intercambiando papeles: yo me voy a por las copas y el vino y tú empiezas a preparar el azul. Viertes los pigmentos en té verde mientras nos voy rellenando copas. ¿Tenemos sed? ¿Será pudor?
Me siento incómoda tras cuatro copas y tus besos, así que me escabullo por el pasillo para encerrarme en el baño. Me meto en la ducha aun sabiendo que me voy a perder. Que al contacto conciliador del agua será inevitable recordar. Imposible me resulta dejar a un lado las veces que me acompañaste en mis baños matutinos, antes de ir a la Universidad, cuando nos enjabonábamos tiernamente antes de encendernos y correr luego por las calles tratando de llegar a mi hora. Las ocasiones en que nos dejábamos llover encima, sentados con la mirada perdida en la playa del Prat, y me acababas confesando siempre lo mismo: que nunca te habías sentido tan a gusto conversando con alguien como conmigo, que nadie te acompañaba tan bien en el silencio como yo. Aquella primera noche que pasamos cada uno en un sofá distinto de mi salón, con lágrimas en los ojos desternillándonos con Charlie Chaplin enlazando El Dictador con Tiempos modernos. Tampoco podré dejar de recordar las noches que te he llorado desde que abandonaste la ciudad, la ansiedad que me invadía al caer la noche y no escaparme contigo al Gótico para cervecear, no tenerte cerca, sin más.
Salgo de la ducha y te sonrío escondiendo lo mal que lo he pasado ahí dentro. Ahora necesito que me ignores. Esconde tu erección orgulloso y desfila hacia el baño para quemar poco a poco tu piel bajo el agua hirviendo. Me entretendré con Amélie mientras vierto los pigmentos amarillos en té blanco. Maldita Amélie y su forma de unirnos. Maldita su banda sonora que acompañó nuestros polvos, esos que tanto te emperrabas en considerar acto amoroso susurrando “Te quiero” al dejar caer tu cabeza sobre mi pecho al llegar al orgasmo, pretendiendo convencerme de que no era tan sólo la otra. Maldita frase que escupiste a mi cara adolescente y que me cautivó, que marcó un antes y un después entre nosotros y te permitió entrar en mi vida de lleno con esa meta: descubrir cosas juntos… Para atarnos más el uno al otro sin necesidad de tenernos cerca; para no poder viajar a ningún lado sin que nos recuerde cualquier rincón al otro; asociar por el resto de nuestros días nuestros recuerdos a todo aquel repertorio musical que bañaba nuestros contextos.
Te sigo maldiciendo a ti y a todo lo que me recuerda, irremediablemente, que existes, lo que ha hecho que te permita volver. Te escucho canturrear Hotel California mientras te duchas cuando encuentro mi cámara de fotos. Rebuscando en su memoria encuentro nuestra última foto. ¿La tienes en mente? Aquella tarde de junio en el muelle, mientras tus labios me repetían incansables que me querías, que te dolía tener que abandonar la ciudad, que sentías tanto haber elegido mal, que Barcelona valía la pena si podías tenerme… ¿Tenerme dónde? me pregunto hoy. Entonces callé, ignoré tu egoísmo observando el verde de los peces entre el agua cristalina y el amarillo bilirrubinoso de mis moratones. Qué imperfecta me sentía a tu lado, cuánta desolación pese a fingir con todo mi descaro la mejor de mis sonrisas para inmortalizarnos.
Hoy, no obstante, te veo a ti totalmente desubicado junto a mí tras la ducha; derrotado… hasta enfadado, mientras me embadurno de amarillo. Y no entiendo por qué. ¿Te ha dolido que no sea tan fácil, que siga siendo tan complicada? Volviste hace tiempo, con nuevas promesas y planes. Se trataba de sexo en un principio y quisiste cambiarlo, regalarme cuanto albergabas y, no obstante, elegiste marcharte. Por segunda vez. Estos diez meses los he invertido por completo en la tarea de coser y relamer mis heridas.

No puedo esperar a vestirnos de colores para buscar tu lengua sentada a horcajadas sobre ti. Te he echado tanto de menos en mi cama, en estas calles de Barcelona que me acogen, en mis labios y mirada cuando te nombraba y no aparecías. No soy capaz de sentirme satisfecha ahora que te abrazo, que te puedo mirar a los ojos, que te tengo bajo mi cuerpo y te saboreo en mi boca. Algo en este largo proceso ha cambiado. ¿Será que he descubierto que me gusta estar sola? ¿Qué, cuanto menos, no es a ti a quien quiero a mi  lado?

Seguimos bebiendo y observándonos desnudos, sudorosos. Todo va bien, pese a mi perceptible cambio. Me pides que te espere, que no tengamos en cuenta los kilómetros, que vas a hacer las cosas bien, que volverás a Barcelona y me situarás cerca de ti. Ella ya no está, sólo me quieres tener a mí. Me pides una etiqueta, y el rotulador tiembla entre mis dedos, indecisa sobre qué hacer. Al parecer me estás aclarando las cosas, pero a mí no me está bien. Has venido a buscarme de nuevo, aunque tarde, demasiado tarde, siempre. Hoy soy yo la que deja la ciudad. Ahora fíjate en las cajas y la cinta de embalar. Entiende.

Acabemos de una vez. Volvamos al sexo, lo único que nos concierne. Deja a un lado el ritual que hemos inventado, las etiquetas, los recuerdos. Son cosas que no están hechas para nosotros. Fóllame sin más y despidámonos. Me iré. Aunque duela. Pese a mis ganas de besarte. Sin tener en cuenta cuanto fuimos, pues es pasado.  Ahórrate el embadurnarte de azul… Ya es suficientemente bochornoso, que con este último abrazo, y lo que a éste siga, sigamos sopesando, en silencio, las posibilidades de que mi ungüento amarillo sea suficiente para besar un próximo encuentro.”


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